Dios bajó al infierno podríamos decir si nos dejamos encantar por el texto de Nietzsche:
¡Ay de aquellos que aman y no tiene todavía una altura que esté por encima de la compasión! Así me dijo el demonio una vez: también Dios tiene su infierno: en su amor a los hombres. Y hace poco le oí decir esta frase: Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto. Así habló Zaratustra 138.
A Dios le echó del cielo su compasión por los hombres. Y es verdad. Pero continúa en el cielo. - Para eso era necesaria la Trinidad -. Su intención era aproximar la tierra al cielo. Y abrir el cielo a todo ser humano. Ese fue su proyecto inicial. Hombre y mujer se sintieron fuertes pisando el que creían su paraíso y quebraron el proyecto de Dios. Y se perdieron. Se necesitaba una nueva intervención de Dios. No fue la creación, sino la compasión. Compadecer implica padecer. Dios padeció nuestra condición. La padeció con hombres y mujeres con los que convivió. No vino al infierno; el infierno no son los otros. Ha apostado por el amor. Y el amor se desconoce en el infierno. Sin otros ni Dios es Dios, porque sin otro no existe el amor. Y Dios es amor. De ahí la Trinidad. Su felicidad, es jugar con la superficie de la tierra. La que hizo y le gustó. Disfruta en la compañía de los hijos de los hombres. Con ellos primero pisó tierra, con ellos disfruta del cielo. Aunque le cueste frío en Belén y sangre en Jerusalén. Por su compasión sentimos vivo a Dios. Así le sentimos en Navidad y en la Navidad de cada día: vivo, en y entre nosotros.