Hace un tiempo leí El niño con el pijama de rayas, un éxito de ventas, y acabo de ver la película. Sin discursos ni truculencias, como contándonos un cuento con vocación de parábola o alegoría, se nos describe –con evidentes e innegables debilidades tanto el relato como el film- el conocimiento, la complicidad entre dos niños y al mismo tiempo que uno de ellos va descubriendo que la realidad quizás no es tal y como se la contaban los adultos, introduciéndonos en la peor de las pesadillas: el Holocausto de unos seres humanos que llevaban unas ropas que se asemejaban a las de un pijama y del que sabemos más que su pequeño protagonista. Es todo un mundo de mensajes y significados.
Pero también quiero referirme a que lo que nos presenta es formativo, educativo y pedagógico. Es formativo porque aborda una realidad que sucedió, aunque el punto de vista elegido sea el de un niño de ocho años. Es educativo porque destaca un buen conjunto de valores positivos (el cariño, la amistad entre dos niños así como la responsabilidad que conllevan las consecuencias de nuestros actos) y deja en evidencia la maldad de otros valores inaceptables. Es pedagógico porque su mensaje se ajusta a cada lector-espectador ya que sus distintos niveles pueden ser captados con mayor o menor crudeza y horror según sea la madurez y cultura.
El gran peligro que conlleva –el relato y la película- es que acabe importando tanto el destino del niño protagonista que el espanto en que se desarrolla quede sólo como un mero telón de fondo. Son innumerables las denuncias –acaba de saltar otra vez a la palestra el tema del “silencio” de Pío XII, que no fue tal, aunque quizá su postura no fue tan clara y evidente como hubieran querido algunos- sobre las atrocidades que los nazis cometieron y desgraciadamente no fueron los únicos, según nos vamos enterando. Me parece razonable y necesario que las atrocidades que se han dado a lo largo de la Historia sigan teniendo puntual protagonismo en la literatura o en el cine, que nos recuerden que la realidad de la pesadilla y el triunfo del mal absoluto. Aunque sigamos leyendo, oyendo o viendo cualquier cosa relacionada con ellas, es imposible que no nos sobrecojamos ante esos actos genocidas.